“El
caudillo” muchos ya saben su historia, su vida y controvertida muerte, que
incluso en nuestros tiempos sigue llevando gente a la cárcel. Él, Jorge Eliecer
Gaitán reconocido político colombiano del partido liberal, a quien siempre
recuerdo por la ya popular frase impresa en cada uno de los billetes de mil “yo
no soy un hombre, soy un pueblo” y a un lado su imagen, la figura de un hombre
que para muchos “hubiera cambiado la historia de este país”. Un país que
paradójicamente para mí, sigue pasando frente a sus ojos.
Casi
todas las noches acostumbro ir a un parque que esta a pocas cuadras de mi casa
a tomar café, éste como casi todos los parques del país es muy concurrido, esta
ubicado frente al Hospital Universitario San Jorge, es una zona verde de viejos
arboles que ya dejan ver sus años en sus gastadas ramas y sus maltratados
troncos, en el unas sillas de frío concreto que miran hacia hospital y en el
centro “Gaitán” con la cara un poco oscura, de saco y corbata. Pido mi café en
el “Saltarín” que esta frente a los perros del mono, un ya reconocido puesto de
comidas rápidas del parque, mientras espero mi café soy rodeado por un grupo de
enfermeras que salían del hospital y venían cada noche a tomar café en las
horas de su descansó, de lo cual don Mario, dueño del “saltarín”, se alegra
mucho y no precisamente porque va a vender más café, sino más bien, como él lo
dice, por alimentar el ojo. Me entrega el café mientras sonríe pícaramente.
Anarquía
y soledad.
Decido
sentarme en una de las sillas del costado ya que llega poca luz y así evito que
otros me vean. Las luces centrales siempre están apuntando hacia el “serio”,
Gaitán Desde donde estoy se escuchan las guitarras de los “punkeros” un poco
desafinadas, sus voces cansadas y roncas al parecer consecuencia de dos
botellas de Moscatel que están en el piso, a pesar de la poca luz uno de los
punks me vio y se acerco entre las sombras a mi silla, se sienta a mi lado y yo
clavo mi mirada al piso como diciendo esto no es conmigo, me saluda y sin
preámbulo alguno textualmente me dice “ey parcerito me va a ajustar 200 pa un
bareto”, ya como de costumbre le digo que no tengo plata, esperando que se
alejara pronto aunque la verdad no sirvió de mucho, se sentó a mi lado por más
de treinta minutos sin pronunciar una palabra más, los que me permitió observar
de manera detallada, sus que jeans entubados, gastados y un poco sucios, su
camiseta blanca que tenía una “A” encerrada en un círculo, símbolo propio de
anarquía; el olor que lo acompañaba era una mescla de marihuana, sudor, alcohol
y vino, todo tan fuerte que contrastaba con la mirada perdida y solitaria que
sostuvo durante esos eternos treinta minutos en los que pareció no pensar,
luego se para me miro a los ojos y se sonrió como diciéndome “todo bien, nos
vemos”, el punkero drogado y ebrio me arranca un sonrisa mientras el “serio” Gaitán no quita la mirada
del frente siempre atento a lo que pasa en su parque.
Romance
en el Gaitán.
En
otra de las sillas del parque una mujer muy arreglada cruza las piernas muy
coqueta mientras fuma un cigarrillo y toma su café, pareciera estar esperando
algo o a alguien los hombres que cruzan el parque no pueden evitar mirarla, el
escote de su espalda parecía un imán de miradas, uno a uno, algunos muy tímidos y
otros no tanto se giraban para admirar a tan coqueta mujer; desde donde estoy
no puedo escuchar muy bien lo que algunos osados le dicen al pasar, lo que si
logro ver es su sonrisa ante cada uno de los que parecen ser halagadores piropos. Después de unos quince minutos de conmoción peatonal un hombre se
sienta junto a la mujer, se acerca lentamente la toma por el cuello y le da un
beso en la mejilla, pareciera estar muy a gusto ríe a carcajadas, sin perder su toque seductor, el hombre se
para le toma la mano la envuelve con sus brazos y ataca sus labios con un beso,
que pareciera para ellos detuviera el tiempo. Sin más se toman de la mano y
cruzan lentamente el parque del caudillo.
Mi
cama la calle.
Antes
de regresar a mi casa me doy cuenta que junto a mi silla sentado en el prado un
habitante de la calle rebusca entre su estopa y saca algunos cartones, me
pregunta si me voy a demorar mucho, la verdad no entiendo por qué, así que le
pregunto y me contesta “ya son más de las once y es hora de dormir”, yo le
respondo que no hay problema que me he quedado hasta más tarde, él se sonríe,
que no lo dice por mi contesta, que esa,
la silla de frío concreto sobre la que yo he estado más de dos horas, es su
cama, es donde después de recorrer las calles de toda la ciudad Pereira viene a
descansar, me cuenta que le gusta por los perros, ellos cuidan de su sueño y evitan que algunos inescrupulosos los
golpeen en las noches; incluso los viejos árboles del parque le sirven para
escudarse da la lluvia cuando no es fuerte, me cuenta que algunos de los
muchachos le comparten café e incluso uno que otro trago, pero que eso no
importa él solo quiere descansar después de tanto camello dice, que la silla
aunque fría e incómoda es más segura que
el piso, le pregunte que el porqué de los cartones que si era reciclaje a lo
que respondió “no mijo estos cartones son mi colchón y mi cama es la calle”.
Es
hora de partir, el verde del parque entrecortado por los adoquines del piso son
el camino de cientos de historias y estas son solo algunas, el busto de Gaitán
es testigo, el caudillo aun pareciera poder verlo, y todo esto pasa frente a
los ojos de Gaitán.